Salmo51
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La Escritura revela que Dios, en su soberanía eterna, creó al hombre con libertad moral como parte esencial de su imagen, pero anticipó la inestabilidad que esa libertad introduce.
Su propósito no fracasa sino que se cumple mediante el Verbo venido en carne como un segundo hombre de la misma humanidad que el primero.
I. El diseño pre-temporal
Antes de la existencia del tiempo y la materia, Dios decide soberanamente crear un ser viviente a su imagen y semejanza, dotado de voluntad propia para una relación de amor verdadero, en un entorno bueno como lo es la creación.
Esta decisión no es trivial, pues implica un desafío sistémico:
El requisito de la imagen: Para que este ser viviente sea a imagen de Dios, debe poseer una voluntad propia y responsable.
No puede ser un autómata programado, pues la programación anula la relación personal y el amor verdadero.
La libertad moral (capacidad de obedecer o desobedecer) no es un agregado opcional, sino parte integral de la imagen divina: permite amor voluntario y dominio responsable.
Sin ella, el hombre sería instintivo como los animales (Salmo 32:9), no imagen relacional de Dios.
Este diseño es eterno y perfecto, pero introduce riesgo: la posibilidad de desobediencia (Génesis 2:16-17).
La paradoja de la inestabilidad: Pero un ser libre operando en un escenario de eternidad bajo un régimen de justificación por obras (performance individual), en el conocimiento anticipado de Dios, resulta en un sistema completamente inestable.
En el infinito, la mera posibilidad de desobediencia se vuelve una certeza estadística.
Génesis ata explícitamente todo el drama humano al desenlace obediencia desobediencia.
“Mas del árbol… no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn 2:17).
La “inestabilidad” de la primera creación, expresada bíblicamente, consiste en que la continuidad de la vida queda vinculada a obediencia bajo Palabra, no a una imposibilidad de caer.
En su conocimiento eterno, Dios anticipa que la libertad moral introduce inestabilidad: un traspié (desobediencia) rompería la comunión eterna, pero no altera su propósito sino que lo integra soberanamente.
La inestabilidad nos asusta, pero Dios la anticipó con amor eterno.
Nuestra caída no lo toma desprevenido; ya estaba en su plan de gracia.
Él no nos abandona sino que nos rescata de ella.
La caída no frustra el propósito; lo integra.
Dios previó la inestabilidad y lo funda todo en el segundo hombre: Cristo, de la misma humanidad (carne real), pero sin pecado.
Su obediencia perfecta (Hebreos 5:8-9) reemplaza la desobediencia del primero (Romanos 5:19), otorgando estabilidad eterna: el futuro ya no depende de una obediencia frágil, sino de la obediencia eterna de Cristo que resulta imputada por gracia.
El ancla federal: Dios, en Su soberanía, decide que la estabilidad final no descansará en la performance personal de cada individuo, sino en un Representante federal.
Por ello, el "Verbo humanado" es el fundamento del sistema desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8) y n una reacción a la caída.
El Segundo Hombre siempre fue el ancla prevista para sostener lo que un ser viviente libre dejaría caer.
Dios soporta en amor la caída como elemento previsto en su plan, sin que esta altere su propósito original de amor eterno.
La Escritura muestra que Dios obra con propósito previo, no reactivo.
Dios “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef 1:11).
La gracia y el propósito de Dios son “desde antes de los tiempos de los siglos” (2 Ti 1:9).
Cristo fue “ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 P 1:20).
La muerte de Cristo no aparece como accidente histórico, sino dentro del “determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hch 2:23).
Esto permite decir, con base bíblica, que la caída no toma por sorpresa a Dios, y que la solución en Cristo no es un plan improvisado.
II. La primera instancia: Perfección y responsabilidad terrenal
Dios lleva a cabo la creación del primer hombre.
La Escritura define al hombre por diseño y función delegada.
Y, crucialmente, Dios no trata al hombre como bestia instintiva, sino como una criatura a la que le habla con mandamiento.
“Y mandó Jehová Dios al hombre” (Gn 2:16).
Y todo mandamiento implica responsabilidad real.
Pero es vital entender que no hay fallas en este punto:
El diseño es "bueno en gran manera" y la sustancia o materia prima de soporte mas el soplo de vida son los componentes perfectos para un ser terrenal.
No hay absolutamente nada de parte de la creación de Dios que excuse al hombre.
La Ley como instrucción: Dios entrega la Ley no como un mecanismo de fuerza, sino como una instrucción de vida.
La Ley indica el camino para permanecer en el diseño original, pero no puede obligar a la voluntad, pues eso destruiría el atributo de libertad que Dios decidió otorgar.
El quiebre volitivo: El hombre desobedece. No es un error de diseño ni una debilidad de la carne; es una decisión soberana del ser viviente de apartarse de la instrucción.
Esto activa la sentencia judicial: la imposibilidad para el desobediente de vivir para siempre mediante la remoción del árbol de la vida y la consiguiente vuelta al polvo.
El relato no describe la muerte como un mecanismo biológico automático del fruto, sino como sentencia y administración divina.
“Polvo eres, y al polvo volverás” (Gn 3:19).
Dios guarda el acceso al árbol de la vida “para que no… tome… y viva para siempre” (Gn 3:22-24).
Y Pablo lo resume en clave representativa:
“Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte” (Ro 5:12).
III. El escenario judicial: El propósito de la caída
Dios permite que la historia humana transcurra bajo el régimen de la caída y la esclavitud a la carne.
Este periodo tiene una función procesal específica:
Demostración de inestabilidad: La historia bajo Adán sirve para demostrar que el ser libre, cuando intenta sostener su propia justicia por obras, termina en ruina.
La separación por la Palabra: Este tiempo funciona como un laboratorio de respuesta. Dios somete a todos a desobediencia para que el juicio final no sea sobre su performance (obras), sino sobre la respuesta a Su Palabra.
Justicia vs. Misericordia: Dios mantiene la justicia ordinaria de la ley (quien peca, muere) pero introduce el Juicio de Gracia (quien cree, vive).
Esto le permite separar a los que reconocen Su autoridad de los que persisten en la autonomía.
IV. La estabilización federal: La humanación del Verbo
Para que el sistema sea estable por la eternidad, se requiere que un Hombre cumpla la Ley y venza a la muerte desde adentro del diseño humano:
El Segundo Hombre: El Verbo se hace hombre (Humanación). No es un "parche", es la ejecución del plan original. Entra como un nuevo inicio de la especie, sin la deuda federal de Adán.
La obediencia perfecta: Cristo, como hombre verdadero, ofrece la respuesta de obediencia estable que Dios requería.
Y esa obediencia se describe como obediencia humana real, llevada hasta el extremo:
“Haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:8).
“Aprendió la obediencia… vino a ser autor de eterna salvación” (He 5:8-9).
En términos bíblicos: lo que fracasa en un representante, Dios lo afirma y lo estabiliza en otro representante, por obediencia perfecta.
Y así Él gana el derecho legal del hombre a la vida eterna por sus propias obras humanas.
La transferencia de esa estabilidad: Al morir y resucitar, Cristo se convierte en la nueva Cabeza Federal. Ahora, la estabilidad eterna del creyente no depende de que este no se equivoque nunca más, sino de que su Representante ya venció. La "justificación por fe" es el mecanismo legal para transferir la estabilidad del Segundo Hombre al hombre caído.
V. La consumación: El sistema Eterno inconmovible
El resultado final es una nueva creación que ya no es vulnerable:
Seguridad legal: Los redimidos están anclados en Cristo. El sistema ya no es inestable porque su base es la victoria consumada de la Cabeza, no el esfuerzo de los miembros.
Libertad preservada: El hombre sigue siendo libre, pero su voluntad ha sido probada y ha elegido responder a la Palabra. La relación de amor es eterna porque es voluntaria, pero el desenlace judicial de "vida o muerte" ya fue resuelto en el Representante.
La Escritura presenta resurrección y un juicio fila bajo el Hijo.
“Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Jn 5:28-29).
Dios “ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó” (Hch 17:31).
“El que no cree, ya ha sido condenado” (Jn 3:18).
“Y el que no se halló inscrito… fue lanzado al lago de fuego” (Ap 20:11-15).
Dios, en su anticipado conocimiento eterno, integra la libertad moral del hombre (con su riesgo de inestabilidad) en un propósito inalterable que culmina en Cristo.
Es una visión cristocéntrica que exalta la gracia soberana de Dios, y se alinea perfectamente con la revelación progresiva de la Escritura.
Dios no reacciona a un fracaso pero tampoco se anticipa a un fracaso como si la caída lo sorprendiera; su conocimiento eterno abarca todo sin cambiar su propósito perfecto (Efesios 1:11).
La inestabilidad no es un defecto del diseño divino, sino consecuencia de la libertad moral inherente a la imagen de Dios (Génesis 1:26-27).
La justificación por fe no es un “ajuste” por debilidad, sino una rotunda necesidad y el medio eterno para glorificar la gracia (Efesios 2:8-9).
Su propósito no fracasa sino que se cumple mediante el Verbo venido en carne como un segundo hombre de la misma humanidad que el primero.
I. El diseño pre-temporal
Antes de la existencia del tiempo y la materia, Dios decide soberanamente crear un ser viviente a su imagen y semejanza, dotado de voluntad propia para una relación de amor verdadero, en un entorno bueno como lo es la creación.
Esta decisión no es trivial, pues implica un desafío sistémico:
El requisito de la imagen: Para que este ser viviente sea a imagen de Dios, debe poseer una voluntad propia y responsable.
No puede ser un autómata programado, pues la programación anula la relación personal y el amor verdadero.
La libertad moral (capacidad de obedecer o desobedecer) no es un agregado opcional, sino parte integral de la imagen divina: permite amor voluntario y dominio responsable.
Sin ella, el hombre sería instintivo como los animales (Salmo 32:9), no imagen relacional de Dios.
Este diseño es eterno y perfecto, pero introduce riesgo: la posibilidad de desobediencia (Génesis 2:16-17).
La paradoja de la inestabilidad: Pero un ser libre operando en un escenario de eternidad bajo un régimen de justificación por obras (performance individual), en el conocimiento anticipado de Dios, resulta en un sistema completamente inestable.
En el infinito, la mera posibilidad de desobediencia se vuelve una certeza estadística.
Génesis ata explícitamente todo el drama humano al desenlace obediencia desobediencia.
“Mas del árbol… no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn 2:17).
La “inestabilidad” de la primera creación, expresada bíblicamente, consiste en que la continuidad de la vida queda vinculada a obediencia bajo Palabra, no a una imposibilidad de caer.
En su conocimiento eterno, Dios anticipa que la libertad moral introduce inestabilidad: un traspié (desobediencia) rompería la comunión eterna, pero no altera su propósito sino que lo integra soberanamente.
La inestabilidad nos asusta, pero Dios la anticipó con amor eterno.
Nuestra caída no lo toma desprevenido; ya estaba en su plan de gracia.
Él no nos abandona sino que nos rescata de ella.
La caída no frustra el propósito; lo integra.
Dios previó la inestabilidad y lo funda todo en el segundo hombre: Cristo, de la misma humanidad (carne real), pero sin pecado.
Su obediencia perfecta (Hebreos 5:8-9) reemplaza la desobediencia del primero (Romanos 5:19), otorgando estabilidad eterna: el futuro ya no depende de una obediencia frágil, sino de la obediencia eterna de Cristo que resulta imputada por gracia.
El ancla federal: Dios, en Su soberanía, decide que la estabilidad final no descansará en la performance personal de cada individuo, sino en un Representante federal.
Por ello, el "Verbo humanado" es el fundamento del sistema desde antes de la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8) y n una reacción a la caída.
El Segundo Hombre siempre fue el ancla prevista para sostener lo que un ser viviente libre dejaría caer.
Dios soporta en amor la caída como elemento previsto en su plan, sin que esta altere su propósito original de amor eterno.
La Escritura muestra que Dios obra con propósito previo, no reactivo.
Dios “hace todas las cosas según el designio de su voluntad” (Ef 1:11).
La gracia y el propósito de Dios son “desde antes de los tiempos de los siglos” (2 Ti 1:9).
Cristo fue “ya destinado desde antes de la fundación del mundo” (1 P 1:20).
La muerte de Cristo no aparece como accidente histórico, sino dentro del “determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hch 2:23).
Esto permite decir, con base bíblica, que la caída no toma por sorpresa a Dios, y que la solución en Cristo no es un plan improvisado.
II. La primera instancia: Perfección y responsabilidad terrenal
Dios lleva a cabo la creación del primer hombre.
La Escritura define al hombre por diseño y función delegada.
Y, crucialmente, Dios no trata al hombre como bestia instintiva, sino como una criatura a la que le habla con mandamiento.
“Y mandó Jehová Dios al hombre” (Gn 2:16).
Y todo mandamiento implica responsabilidad real.
Pero es vital entender que no hay fallas en este punto:
El diseño es "bueno en gran manera" y la sustancia o materia prima de soporte mas el soplo de vida son los componentes perfectos para un ser terrenal.
No hay absolutamente nada de parte de la creación de Dios que excuse al hombre.
La Ley como instrucción: Dios entrega la Ley no como un mecanismo de fuerza, sino como una instrucción de vida.
La Ley indica el camino para permanecer en el diseño original, pero no puede obligar a la voluntad, pues eso destruiría el atributo de libertad que Dios decidió otorgar.
El quiebre volitivo: El hombre desobedece. No es un error de diseño ni una debilidad de la carne; es una decisión soberana del ser viviente de apartarse de la instrucción.
Esto activa la sentencia judicial: la imposibilidad para el desobediente de vivir para siempre mediante la remoción del árbol de la vida y la consiguiente vuelta al polvo.
El relato no describe la muerte como un mecanismo biológico automático del fruto, sino como sentencia y administración divina.
“Polvo eres, y al polvo volverás” (Gn 3:19).
Dios guarda el acceso al árbol de la vida “para que no… tome… y viva para siempre” (Gn 3:22-24).
Y Pablo lo resume en clave representativa:
“Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte” (Ro 5:12).
III. El escenario judicial: El propósito de la caída
Dios permite que la historia humana transcurra bajo el régimen de la caída y la esclavitud a la carne.
Este periodo tiene una función procesal específica:
Demostración de inestabilidad: La historia bajo Adán sirve para demostrar que el ser libre, cuando intenta sostener su propia justicia por obras, termina en ruina.
La separación por la Palabra: Este tiempo funciona como un laboratorio de respuesta. Dios somete a todos a desobediencia para que el juicio final no sea sobre su performance (obras), sino sobre la respuesta a Su Palabra.
Justicia vs. Misericordia: Dios mantiene la justicia ordinaria de la ley (quien peca, muere) pero introduce el Juicio de Gracia (quien cree, vive).
Esto le permite separar a los que reconocen Su autoridad de los que persisten en la autonomía.
IV. La estabilización federal: La humanación del Verbo
Para que el sistema sea estable por la eternidad, se requiere que un Hombre cumpla la Ley y venza a la muerte desde adentro del diseño humano:
El Segundo Hombre: El Verbo se hace hombre (Humanación). No es un "parche", es la ejecución del plan original. Entra como un nuevo inicio de la especie, sin la deuda federal de Adán.
La obediencia perfecta: Cristo, como hombre verdadero, ofrece la respuesta de obediencia estable que Dios requería.
Y esa obediencia se describe como obediencia humana real, llevada hasta el extremo:
“Haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil 2:8).
“Aprendió la obediencia… vino a ser autor de eterna salvación” (He 5:8-9).
En términos bíblicos: lo que fracasa en un representante, Dios lo afirma y lo estabiliza en otro representante, por obediencia perfecta.
Y así Él gana el derecho legal del hombre a la vida eterna por sus propias obras humanas.
La transferencia de esa estabilidad: Al morir y resucitar, Cristo se convierte en la nueva Cabeza Federal. Ahora, la estabilidad eterna del creyente no depende de que este no se equivoque nunca más, sino de que su Representante ya venció. La "justificación por fe" es el mecanismo legal para transferir la estabilidad del Segundo Hombre al hombre caído.
V. La consumación: El sistema Eterno inconmovible
El resultado final es una nueva creación que ya no es vulnerable:
Seguridad legal: Los redimidos están anclados en Cristo. El sistema ya no es inestable porque su base es la victoria consumada de la Cabeza, no el esfuerzo de los miembros.
Libertad preservada: El hombre sigue siendo libre, pero su voluntad ha sido probada y ha elegido responder a la Palabra. La relación de amor es eterna porque es voluntaria, pero el desenlace judicial de "vida o muerte" ya fue resuelto en el Representante.
La Escritura presenta resurrección y un juicio fila bajo el Hijo.
“Vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Jn 5:28-29).
Dios “ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó” (Hch 17:31).
“El que no cree, ya ha sido condenado” (Jn 3:18).
“Y el que no se halló inscrito… fue lanzado al lago de fuego” (Ap 20:11-15).
Dios, en su anticipado conocimiento eterno, integra la libertad moral del hombre (con su riesgo de inestabilidad) en un propósito inalterable que culmina en Cristo.
Es una visión cristocéntrica que exalta la gracia soberana de Dios, y se alinea perfectamente con la revelación progresiva de la Escritura.
Dios no reacciona a un fracaso pero tampoco se anticipa a un fracaso como si la caída lo sorprendiera; su conocimiento eterno abarca todo sin cambiar su propósito perfecto (Efesios 1:11).
La inestabilidad no es un defecto del diseño divino, sino consecuencia de la libertad moral inherente a la imagen de Dios (Génesis 1:26-27).
La justificación por fe no es un “ajuste” por debilidad, sino una rotunda necesidad y el medio eterno para glorificar la gracia (Efesios 2:8-9).