Salmo51

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La humanación de Jesús no es una reacción al diablo ni al pecado de Adán; es la solución eterna soberana y proactiva para estabilizar un sistema inherentemente frágil por la libertad moral. Dios decide desde la eternidad soportar todo su propósito en la persona de Jesús, el Verbo hecho carne (Juan 1:14), como Segundo Hombre obediente que no cae jamás (Filipenses 2:8: “haciéndose obediente hasta la muerte”).
Teológicamente, esto resuelve la inestabilidad: Dios no tolera la desobediencia ni baja su estándar de santidad; sustituye la cabeza federal.
El primer Adán falla, introduciendo sentencia para muchos (Romanos 5:12).
El segundo Adán obedece perfectamente, proveyendo justicia para muchos (Romanos 5:19: “por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos”).
Académicamente, el sistema representativo federal concentra el riesgo: la desobediencia de uno (Adán) dispara la sentencia colectiva, pero la obediencia de uno (Cristo) ofrece estabilidad colectiva.
Dios no busca triunfos aislados; busca el triunfo absoluto de su propósito en Cristo (Colosenses 1:16: “todo fue creado por medio de él y para él”).
Pastoralmente, esto es esperanza pura: nuestra libertad no nos condena inevitablemente; en Cristo, nuestra responsabilidad se ancla en su obediencia eterna.
Dios no nos pide una perfección imposible; nos ofrece el traslado a un registro donde la perfección ya fue cumplida por Cristo.
 
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