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La doctrina de la depravación total afirma que, como consecuencia de la caída de Adán, todo ser humano nace espiritualmente muerto y totalmente corrompido en cada facultad de su ser: entendimiento, afectos, voluntad y cuerpo.
No queda en el hombre ni una chispa de bien espiritual que le permita buscar a Dios, entender las cosas espirituales o elegir el bien eterno por sí mismo.
Esta corrupción es tan profunda que el hombre natural es incapaz de responder positivamente al evangelio o de cooperar con la gracia de Dios sin una regeneración previa y soberana del Espíritu Santo.
Textos principales citados tradicionalmente:
Romanos 3:10-18: «No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.»
Efesios 2:1-3: «Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados.»
1 Corintios 2:14: «Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.»
Juan 6:44: «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.»
Conclusión calvinista clásica: Sin esta doctrina, la salvación dejaría de ser totalmente por gracia y se convertiría en una obra cooperativa en la que el hombre aportaría su “decisión libre”.
La depravación total exalta la soberanía divina: solo Dios, por su gracia irresistible, puede dar vida al muerto espiritual y hacerlo capaz de creer.
La Depravación Total y un intento de reparar lo que Dios ha desechado
La doctrina de la depravación total describe acertadamente la condición del hombre caído: un estado de corrupción integral e incapacidad absoluta para buscar a Dios o elegir el bien espiritual por sí mismo. Sin embargo, al intentar exaltar la gracia necesaria para superar este estado, se comete un error exegético y teológico de base.
El error no está en la descripción del problema, sino en la naturaleza de la solución divina propuesta.
Se asume que el plan de Dios es reparar o regenerar reactivamente al viejo hombre corrupto para habilitarlo a creer.
La Escritura, en contraste, revela que Dios no "arregla" la depravación.
Su solución no es correr detrás del daño para parcharlo, sino descartar la vieja creación y establecer un Hombre Nuevo, no depravado, en quien todo sea sostenido.
La gracia no repara lo viejo; crea lo nuevo.
1. El Origen: Dios crea perfección; el hombre genera la depravación
Es vital establecer el punto de partida: Dios no es el autor de la depravación.
La creación original: Dios creó a Adán perfecto, "bueno en gran manera" (Génesis 1:31), con una capacidad plena y natural de obediencia. Adán no fue creado defectuoso ni con una "voluntad esclava" inicial.
La caída como acción propia: La depravación no es un diseño divino, sino el resultado directo de la libre elección de un hombre no depravado (Adán) que decidió depravarse (Génesis 3:6-7).
La consecuencia es la muerte Integral: Esta acción arrastró a toda su descendencia a la muerte (Romanos 5:12). El dualismo es ajeno a la antropología hebrea. No existe un "cadáver espiritual" habitando un cuerpo vivo. La Biblia ve al hombre como una unidad (néfesh jayyáh); la muerte es la reversión y ruina total de ese ser viviente, no un estado ontológico parcial.
2. El propósito de la Ley: Ejecutar, no diagnosticar para cura
La depravación del viejo hombre es, en efecto, total.
Pero la respuesta de Dios ante esto no es buscar una "chispa" remanente para avivarla, ni inyectar vida en lo que está sentenciado.
El ministerio de muerte: La Ley vino para demostrar que no hay arreglo posible. Su propósito es terminar toda esperanza en la vieja creación (Romanos 7:10-11).
El error de "Revivir" lo sentenciado: Romanos 3:10-18 confirma que no hay nada salvable en el viejo hombre ante la Ley. El intento teológico de "regenerar" soberanamente a este viejo hombre antes de la fe es un intento de revivir lo que Dios mismo ha condenado a ejecución total mediante la Ley. Dios no pierde tiempo reparando en el grado de corrupción del viejo hombre; deja que la Ley cumpla su curso hasta la muerte.
3. La Solución Divina: No la regeneración de Adán, sino la constitución de Cristo
La respuesta de Dios a la depravación total no es una reparación reactiva, sino una creación proactiva.
No se trata de mejorar a Adán, sino de formar un segundo Adán, el postrero.
El Hombre nuevo natural: Dios forma directamente un Hombre nuevo, real, de carne y hueso, que es naturalmente no depravado y que jamás se depravó mediante Su obediencia perfecta: Jesucristo (1 Corintios 15:45-47).
Adán: Su fracaso por obras constituyó a todos pecadores, resultando en muerte y potencial extinción.
Cristo: Su obediencia perfecta por obras constituyó la justificación de vida.
La Gracia como nuevo fundamento: La gracia no entra en el ámbito de la Ley para "revivir cadáveres". La gracia es Cristo mismo, quien entra después de que la Ley ha cumplido su ministerio de muerte. Él compra a los muertos del primer pacto para una resurrección universal (1 Corintios 15:22) y establece un nuevo fundamento ontológico.
Conclusión: Recreación, no reparación
Este sistema, en su noble intento de proteger la soberanía de la gracia, queda atrapado enfocándose en la vieja creación corrupta, intentando una "regeneración soberana previa a la fe" que la Escritura no enseña.
La verdad bíblica es más radical: la depravación es el fracaso irreversible del primer hombre.
La solución no es inyectar vida divina en ese fracaso, sino trasladarnos a una nueva creación.
Dios no repara lo depravado; crea a un Hombre no depravado (Cristo) para sostener todo en Él.
La salvación no es la medicina que revive a mi viejo yo; es el acto de Dios de colocarme, por la fe, en Su Hijo. Sola Scriptura exige abandonar la idea de reparar lo muerto y abrazar la verdad de que Cristo no es un mero auxiliador, sino que Él mismo es nuestra nueva creación y el único fundamento aceptable ante el Padre.
Yo creo que Dios, en su omnisciencia, sabía desde la eternidad que el hombre creado con libre albedrío fallaría en mantener una obediencia perfecta.
Sin embargo, decidió crearlo así porque deseaba una relación de amor genuino, no forzada.
Con todo, pienso que la desobediencia no es algo que un Dios santo pueda aceptar sin consecuencias, ya que rompería la comunión perfecta.
En un escenario eterno sin muerte ni fin, amar a un ser que podría caer en cualquier momento crea una inestabilidad inherente.
Esa relación siempre estaría en riesgo de terminarse ante cualquier error humano.
Para un Dios de amor inmutable y perfecto, esto sería incompatible con su naturaleza, porque ese amor verdadero buscaría estabilidad eterna, no una tensión perpetua.
Por eso, pienso que Dios diseña un plan donde la caída es parte de algo mayor y que termina en una relación segura en Cristo, el segundo Adán perfecto.
Mi idea se alinea con textos clave que muestran que Dios no fue "sorprendido" por la caída, y en cambio la usa para manifestar su gloria y amor:
Efesios 1:4-5: Dios "nos escogió en él [Cristo] antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo". Aquí veo que el plan de amor eterno ya incluía la redención en Cristo, anticipando la inestabilidad de la creación adámica.
1 Pedro 1:19-20: Cristo fue "destinado desde antes de la fundación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros". Dios sabía del fracaso humano y preparó la solución eterna en Cristo, no como reacción, sino como diseño.
Romanos 8:20-21: "Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza". La "vanidad" (inestabilidad, corrupción) fue permitida por Dios con esperanza de liberación eterna, mostrando que el amor divino busca una relación estable, no un riesgo perpetuo.
Yo creo que el libre albedrío vuelve a la creación buena de Dios "inestable" a causa de la debilidad de la perfecta Ley para forzar la obediencia como resultado, pero que soberana y monergistamente Dios resuelve esa inestabilidad mediante la obediencia humana perfecta del segundo hombre, Jesucristo (1 Corintios 15:45-47).