Salmo51

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En su conocimiento eterno, Dios anticipa que crear un ser libre implica un riesgo inherente.
La libertad moral, la capacidad de obedecer o desobedecer, es esencial para un amor genuino y una relación auténtica (Deuteronomio 30:19: “Escoge, pues, la vida”).
Pero en un escenario eterno, esa libertad conlleva un dilema: que la posibilidad de la desobediencia no es remota; en el infinito, se convierte en certeza estadística.
Dios sabe que muchos caerían en ese camino eterno, y cada caída derivaría en pérdida irrevocable ante su santidad y justicia (Romanos 6:23: “porque la paga del pecado es muerte”).
Teológicamente, esto no es un defecto del diseño; es la consecuencia lógica de otorgar agencia moral real a una criatura finita.
Génesis 2:16-17 establece el límite soberano: la obediencia como condición de vida eterna.
Dios no crea un sistema condenado, sino uno viable donde la libertad es don supremo.
Sin embargo, la inestabilidad está implícita: un traspié rompe la comunión para siempre, porque la santidad de Dios no negocia con el pecado (Habacuc 1:13: “Tus ojos son demasiado puros para ver el mal”).
Académicamente, esto se entiende como un sistema vulnerable: y la eternidad amplifica el riesgo de desviación, convirtiendo la posibilidad en probabilidad ineludible.
Dios, en su omnisciencia, anticipa todo sin alterar su voluntad perfecta (1 Pedro 1:20: Cristo “destinado desde antes de la fundación del mundo”).
Pastoralmente, esto nos humilla y consuela: Dios no desea las pérdidas (2 Pedro 3:9: “no queriendo que ninguno perezca”), pero respeta la libertad que Él mismo otorgó.
Nuestra caída no lo sorprende; ya estaba integrada en su plan de gracia.
 
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