Salmo51
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Dios impone un sistema representativo porque sabía que la obediencia individual sería insuficiente en la eternidad.
Con la caída de Adán, la sentencia es colectiva (Romanos 5:12), pero eso mismo permite que la solución sea colectiva: la obediencia de Cristo cubre a los muchos que están en Él (1 Corintios 15:45-47: “el postrer Adán, espíritu vivificante”).
Teológicamente, esto no es injusticia; es sabiduría: Dios cierra el primer sistema con la desobediencia de uno porque su propósito eterno era el triunfo absoluto en Cristo (Efesios 1:11).
No está detrás de algún triunfo aislado; su plan es integral y absolutamente estable.
Académicamente, el federalismo resuelve el dilema estadístico: el riesgo se concentra en un punto (Adán), y la estabilidad en otro (Cristo).
Las pérdidas finales no son por fallas arrepentibles, sino por rechazo contumaz a la mediación salvadora (Juan 3:18: “el que no cree, ya ha sido condenado”).
Pastoralmente, esto elimina la ansiedad: Dios no quiere que nadie se pierda (Ezequiel 18:32), pero respeta el rechazo libre.
Las pérdidas son trágicas, pero no inevitables por diseño; son la consecuencia de maldad real y persistente.
Con la caída de Adán, la sentencia es colectiva (Romanos 5:12), pero eso mismo permite que la solución sea colectiva: la obediencia de Cristo cubre a los muchos que están en Él (1 Corintios 15:45-47: “el postrer Adán, espíritu vivificante”).
Teológicamente, esto no es injusticia; es sabiduría: Dios cierra el primer sistema con la desobediencia de uno porque su propósito eterno era el triunfo absoluto en Cristo (Efesios 1:11).
No está detrás de algún triunfo aislado; su plan es integral y absolutamente estable.
Académicamente, el federalismo resuelve el dilema estadístico: el riesgo se concentra en un punto (Adán), y la estabilidad en otro (Cristo).
Las pérdidas finales no son por fallas arrepentibles, sino por rechazo contumaz a la mediación salvadora (Juan 3:18: “el que no cree, ya ha sido condenado”).
Pastoralmente, esto elimina la ansiedad: Dios no quiere que nadie se pierda (Ezequiel 18:32), pero respeta el rechazo libre.
Las pérdidas son trágicas, pero no inevitables por diseño; son la consecuencia de maldad real y persistente.