Salmo51
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Dios, como Dios soberano, no actúa por reacción ni por necesidad, sino por propósito.
No está supeditado a consejo ajeno, ni obligado por criatura alguna.
Lo que hace, lo hace porque lo quiere, y porque en su voluntad no hay dependencia ni contingencia.
La creación, por tanto, no nace de una carencia, sino del despliegue deliberado de un designio.
Dentro de ese designio, Dios decide crear al hombre como realmente lo creó: un ser viviente responsable, con libertad moral real, llamado a vivir bajo autoridad.
Esa libertad no es un adorno.
Es parte constitutiva del tipo de criatura que Dios quiso.
Sin voluntad real no hay obediencia real, y sin obediencia real no hay relación moral verdadera.
Pero aquí aparece una tensión inevitable.
Una libertad auténtica, ubicada en un escenario de permanencia, implica la posibilidad de desviación.
Y toda desviación bajo una ley santa trae sentencia.
La Escritura lo establece desde el inicio: “el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17).
La justicia no puede convivir con la transgresión como si fuera un accidente tolerable.
Por eso la desobediencia, en un marco de santidad absoluta, deriva en pérdida.
En ese contexto se entiende el punto crucial.
La humanación del Verbo no es una maniobra improvisada frente al diablo ni una reacción tardía ante el pecado.
La Escritura presenta a Cristo como anterior en propósito: “nos escogió en él antes de la fundación del mundo” (Efesios 1:4), y habla de un “propósito eterno” hecho “en Cristo Jesús” (Efesios 3:11).
La cruz misma no ocurre como accidente, sino “por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hechos 2:23).
Es decir, lo que sucede en la historia manifiesta lo que ya estaba establecido en el consejo de Dios.
Dios, conociendo plenamente el costo que una libertad real implicaría bajo una ley absoluta, decide sostener su propósito eterno en una *Persona* que no fallara: el Hijo hecho hombre.
La estabilidad del sistema no descansaría en el desempeño individual de muchos, sino en la obediencia perfecta de Uno.
La Escritura lo expresa en términos representativos: Adán actúa como cabeza y su desobediencia alcanza a los muchos; Cristo actúa como Cabeza nueva y su obediencia alcanza a los muchos.
“Como por la transgresión de uno solo vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno solo vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18).
“Por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).
Por eso Dios establece un orden federal: una estructura representativa por la cual el destino de los muchos queda ligado a la cabeza.
No porque Dios desprecie la obediencia, sino porque busca una obediencia inconmovible.
Y esa obediencia no sería la suma frágil de millones de voluntades, sino la fidelidad perfecta del Segundo Hombre.
En ese marco, la caída de Adán no aparece como un “error” que sorprendió al Creador ni como un desvío que obligó a Dios a improvisar.
Aparece como el punto donde el primer orden queda judicialmente cerrado, y donde se abre el escenario para el cumplimiento del propósito mayor en Cristo.
Dios no necesita un triunfo aislado, sino la consumación plena de su propósito.
Y ese propósito está diseñado para triunfar de forma absoluta en el *Segundo Hombre*.
Esto también aclara el tema de las pérdidas.
Dios no introduce la posibilidad de arrepentimiento y restauración como una concesión caprichosa ni como tolerancia de la maldad, sino como una salida real dentro de su justicia.
La mediación de Cristo abre un camino para que el pecador sea restaurado sin que la santidad sea negociada.
La Escritura, a la vez, deja claro que habrá quienes se pierdan no por un accidente corregible, sino por persistencia deliberada en rechazar la luz.
“El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado” (Juan 3:18).
Así, el evangelio no es la historia de un Dios que reacciona, sino de un Dios que ejecuta un propósito.
La creación no se sostiene sobre la performance humana, sino sobre la obediencia de Cristo.
La justicia no se flexibiliza, la santidad no se rebaja, y sin embargo se abre una puerta real para el arrepentimiento.
No por sentimentalismo, sino porque el Segundo Hombre proveyó la obediencia y cargó la sentencia, de modo que Dios puede ser justo y justificar al que está en Cristo.
“Para que él sea el justo, y el que justifica” (Romanos 3:26).
No está supeditado a consejo ajeno, ni obligado por criatura alguna.
Lo que hace, lo hace porque lo quiere, y porque en su voluntad no hay dependencia ni contingencia.
La creación, por tanto, no nace de una carencia, sino del despliegue deliberado de un designio.
Dentro de ese designio, Dios decide crear al hombre como realmente lo creó: un ser viviente responsable, con libertad moral real, llamado a vivir bajo autoridad.
Esa libertad no es un adorno.
Es parte constitutiva del tipo de criatura que Dios quiso.
Sin voluntad real no hay obediencia real, y sin obediencia real no hay relación moral verdadera.
Pero aquí aparece una tensión inevitable.
Una libertad auténtica, ubicada en un escenario de permanencia, implica la posibilidad de desviación.
Y toda desviación bajo una ley santa trae sentencia.
La Escritura lo establece desde el inicio: “el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Génesis 2:17).
La justicia no puede convivir con la transgresión como si fuera un accidente tolerable.
Por eso la desobediencia, en un marco de santidad absoluta, deriva en pérdida.
En ese contexto se entiende el punto crucial.
La humanación del Verbo no es una maniobra improvisada frente al diablo ni una reacción tardía ante el pecado.
La Escritura presenta a Cristo como anterior en propósito: “nos escogió en él antes de la fundación del mundo” (Efesios 1:4), y habla de un “propósito eterno” hecho “en Cristo Jesús” (Efesios 3:11).
La cruz misma no ocurre como accidente, sino “por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios” (Hechos 2:23).
Es decir, lo que sucede en la historia manifiesta lo que ya estaba establecido en el consejo de Dios.
Dios, conociendo plenamente el costo que una libertad real implicaría bajo una ley absoluta, decide sostener su propósito eterno en una *Persona* que no fallara: el Hijo hecho hombre.
La estabilidad del sistema no descansaría en el desempeño individual de muchos, sino en la obediencia perfecta de Uno.
La Escritura lo expresa en términos representativos: Adán actúa como cabeza y su desobediencia alcanza a los muchos; Cristo actúa como Cabeza nueva y su obediencia alcanza a los muchos.
“Como por la transgresión de uno solo vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno solo vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:18).
“Por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:19).
Por eso Dios establece un orden federal: una estructura representativa por la cual el destino de los muchos queda ligado a la cabeza.
No porque Dios desprecie la obediencia, sino porque busca una obediencia inconmovible.
Y esa obediencia no sería la suma frágil de millones de voluntades, sino la fidelidad perfecta del Segundo Hombre.
En ese marco, la caída de Adán no aparece como un “error” que sorprendió al Creador ni como un desvío que obligó a Dios a improvisar.
Aparece como el punto donde el primer orden queda judicialmente cerrado, y donde se abre el escenario para el cumplimiento del propósito mayor en Cristo.
Dios no necesita un triunfo aislado, sino la consumación plena de su propósito.
Y ese propósito está diseñado para triunfar de forma absoluta en el *Segundo Hombre*.
Esto también aclara el tema de las pérdidas.
Dios no introduce la posibilidad de arrepentimiento y restauración como una concesión caprichosa ni como tolerancia de la maldad, sino como una salida real dentro de su justicia.
La mediación de Cristo abre un camino para que el pecador sea restaurado sin que la santidad sea negociada.
La Escritura, a la vez, deja claro que habrá quienes se pierdan no por un accidente corregible, sino por persistencia deliberada en rechazar la luz.
“El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado” (Juan 3:18).
Así, el evangelio no es la historia de un Dios que reacciona, sino de un Dios que ejecuta un propósito.
La creación no se sostiene sobre la performance humana, sino sobre la obediencia de Cristo.
La justicia no se flexibiliza, la santidad no se rebaja, y sin embargo se abre una puerta real para el arrepentimiento.
No por sentimentalismo, sino porque el Segundo Hombre proveyó la obediencia y cargó la sentencia, de modo que Dios puede ser justo y justificar al que está en Cristo.
“Para que él sea el justo, y el que justifica” (Romanos 3:26).